La decisión de encarnar, de caer y pesar, de entrar en el tiempo, es quizás argumento y motor de una gran parte de la literatura y el cine, lo es en el Quijote, y sin duda en los Evangelios. Lo extraordinario de este film es el grado de conciencia, la literalidad con que se enuncia este proceso. Lo primero es representar al sujeto que mira sin ser, ese supersubjetivo tan habitual en el cine, pero que raramente muestra al observador, al no nacido, al ángel, a la posibilidad pura en búsqueda.
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