— buscando el hilo

Star Trek: En la oscuridad

Un volcán en erupción es congelado por Spoke. El superpoder de controlar las emociones. En el otro lado del espejo el impulsivo capitán Kirk capaz de resolver en la acción, el superpoder de aceptar a ciegas las decisiones de la intuición. Así transcurrirá el film entre esos dos polos, hielo y fuego. Dos hermanos compitiendo en generosidad por ver cual de los dos es capaz de mayor sacrificio, pues el premio es la transcendencia en el otro, lo que en los clásicos de aventuras denominaban ”hermandad de sangre”. Una vez más me remito al mito del doble niño Jesús donde uno se sacrifica cediendo sus superpoderes al otro.

Hace poco alguien me hizo ver que la famosa batalla de los espermatozoides por alcanzar el óvulo no era una guerra, sino una acción colaborativa en la que muchos se sacrifican para que otro del grupo alcance la meta. Quizás este mito represente algo de esa acción vincular.  Y desde luego la entrada de Kirk en el núcleo no puede ser más literal.

Khan, un superhombre genéticamente modificado. El malo.

Como literal es la necesidad de transferir la sangre del “malo” para devolver la vida a Kirk. Personaje que previamente fue descriogenizado, descongelado, en sincronía con el mismo Spoke que echa a llorar, se deshiela, muestra su lado humano cuando Kirk alcanza el núcleo radioactivo. La sangre Khan, un superhombre genéticamente modificado,  el ”malo” representa también la suma de los 72 congéneres crionizados escondidos dentro de torpedos.

La duración de la vida del óvulo es de 72 horas.
72 es el número promedio de latidos del corazón por minuto para un adulto en reposo.
72 ancianos de la sinagoga, según el Zohar.
El número de nombres de Dios, de acuerdo a la Cábala.
El número de lenguas que se hablan en la Torre de Babilonia.
El eje de la Tierra se mueve de un grado cada 72 años, en comparación con las estrellas y la bóveda del cielo.

JJ Abrahams llega al cine fascinado, de niño, por los trucos de magia, la invisibilidad y posteriormente los efectos especiales. No tardaría mucho en sumergirse en las aventuras de la nave Enterprise (Empresa), curioso nombre para una nave, sobre todo en la lectura de un hijo de madre y padres judíos productores en Hollywood. Cuando Abrahams produce una obra audiovisual está en casa reuniendo a sus padres, el plató es la casa de su infancia. Este es el superpoder de Abrahams: viaja en el “Empresa” a través de las estrellas, no hace diferencia entre lo real y lo representado. Quizás ahí radique lo contemporáneo en Abrahams y su capacidad para conectar con un público que vive enredado en un mundo de autorepresentación contínua consciente de que los límites de lo público y lo privado han cambiado y dónde sería difícil contestar a ese personaje de Godard que preguntaba “¿estamos en la ficción o en la realidad?”.